Felipe Martínez Marzoa
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  Mi lectura de Platón, en el sentido en que hoy la hay, empezó con el libro Ser y diálogo (1996). Lo que yo mismo había escrito de Platón en etapas anteriores es, si se quiere, más literalmente "heideggeriano", aunque (o quizá precisamente porque) todavía no hace uso de posibilidades en las que sólo se pudo entrar habiendo pasado por Heidegger, pero de las que Heidegger no hace uso. (El texto mío sobre Platón que aparece en la "Historia de la filosofía I" publicada en 1994 -que es la que se sigue publicando hoy, aunque con fecha de impresión posterior, y que en cuanto a redacción es de 1992- es un intermedio o híbrido o mezcla del momento anterior y el posterior). / Incluso en fecha posterior a Ser y diálogo hay una especie de nuevo vuelco, o quizá más bien una radicalización de aquel mismo, en términos de los que se levanta resumida acta en el prólogo de El saber de la comedia y que se exponen en este mismo libro y en El decir griego y Muestras de Platón; términos en virtud de los cuales el diálogo de Platón (en el que la problemática de fondo y la forma de diálogo habían sido identificadas la una con la otra ya desde Ser y diálogo) está en secuencia ya no con una precedente "filosofía" (la cual es un constructo retrospectivo producido desde cierta recepción de Platón), sino con una serie cuyos momentos suelen designarse con nombres de lo que se llama "géneros poéticos". Para llegar a esto ha sido importante el que en El saber de la comedia se interpretase la comedia ática "antigua" en modo tal que ella estableciese el puente entre la tríada básica de los "géneros" (épos-mélos-tragedia) y el diálogo.

  Lo que visto desde hoy puede llamarse mi lectura de Kant empezó a estar presente con el libro De Kant a Hölderlin (Visor,1992), si bien es cierto que este libro requiere Releer a Kant y Desconocida raíz común. La incorporación de esa lectura al capítulo correspondiente de la "Historia de la filosofía II" publicada en 1994 (que sigue siendo la que está hoy en el mercado, aunque con fecha de impresión posterior, y cuya redacción se cerró en 1992) es ciertamente más completa que la incorporación de una nueva lectura de Platón comentada en el bloque anterior. Es incluso esa incorporación lo que da sentido a los todavía más nuevos capítulos sobre Fichte y Schelling. A Hegel sólo muy parcialmente se pudo entonces llegar, porque había unos plazos para entregar la redacción nueva. Pero, independientemente de una u otra publicación o fecha, la nueva lectura de Kant iba a resultar fructífera incluso mucho más allá; véase, por ejemplo, Hobbes-Kant-Marx en relación con Hegel en El concepto de lo civil (2008).

  Las claves para leer mi libro de 1983 La filosofía de 'El capital' están en mi libro de 2008 El concepto de lo civil. Mantengo, del libro de 1983, todas las interpretaciones que conciernen a la estructura argumentativa de "El capital", incluso aquellas que asignan un determinado papel a desarrollos determinados. Lo que en este aspecto hago en el libro de 2008 es exponer de una manera más precisa el núcleo, que es la interpretación sobre el sentido general de la teoría del valor y el alcance de la misma. Por otra parte, si en 1983 la ubicación de ese complejo teórico en la historia de la filosofía se apoyaba en la conexión Hegel-Nietzsche, ahora (2008) esa referencia sigue siendo válida (quizá incluso se la formula mejor), pero hay otra que se considera como de un nivel más profundo, a saber, la polémica resultante de las interpretaciones que en libros míos posteriores a 1990 hay acerca del núcleo del Idealismo, interpretaciones que se tradujeron en cierta discusión sobre la (negación-de-la-)negación; esta polémica es empleada y citada en El concepto de lo civil.

  Mi interpretación de Leibniz se produjo desde el comienzo en oposición (que se mantiene hoy) a las de Couturat y Russell, en particular por rechazar yo la interpretación de A est A y de inesse en la línea de los "juicios analíticos" kantianos. Ahora bien, hasta cerca de 1990, esta oposición me había acercado a la interpretación de Cassirer, que desde 1990 también rechazo. El punto de inflexión es mi libro Cálculo y ser (1991). La novedad llegó justo a tiempo para ser incorporada a la versión de "Historia de la filosofía" publicada en 1994 (que es la última que hay, cf. el primer y segundo bloques de esta misma página). Posteriormente este viraje en Leibniz tuvo un desarrollo que, con vuelta sobre Leibniz mismo, afectó también a Hume y Spinoza y que ya no llegó a tener (o apenas) reflejo en la citada versión de "Historia de la filosofía", aunque sí, por lo que se refiere a Hume, en Pasión tranquila (2009).

  De nuevo sobre 2008 (El concepto de lo civil) y 1983 (La filosofía de 'El capital'), manteniendo todo lo ya dicho dos bloques más arriba en esta misma página. En 2008 la aparición expresa del concepto "trabajo" en la teoría del valor se "demora" hasta el momento en que la "cadena de implicaciones" exige el "desdoblamiento" del M de D-M-D; esta variación expositiva tiene como primera intención y primer efecto el reforzar un punto que se suele dejar atrás, a saber: por qué tiene que haber una substancia-valor, una "objetividad no fisica"; una vez presentado este punto, ha quedado claro que el empleo de una referencia en principio "natural" para completar la descripción de la substancia-valor ha de tener el carácter de drástica ruptura con el concepto "natural" ("físico", "real") de la cosa a la que se hace referencia; para que esa cosa sea "trabajo" el argumento central y más "interno" a la argumentación marxiana es precisamente el que la "cadena de implicaciones" exige en cierto punto de ella misma (y sin que antes se haya tenido que suponer que la substancia-valor tenga nada que ver con "trabajo", por lo tanto sin círculo vicioso) eso que incidentalmente he llamado el desdoblamiento del M de D-M-D.¶¶ [Adición 05-07-2014; lo que se añade ahora no es “rectificación”, pero se ubica aquí por su continuidad con otros contenidos de este bloque]. En la página “Documentos-3”, bloque cuarto, presentamos la fenomenología de la sociedad civil en la forma de un sistema axiomático y demostramos un “primer teorema”, el cual es la base para que tenga sentido plantear el problema constitutivo de la teoría del valor, ya que es en ese teorema donde se produce el concepto de una substancia-valor magnitud única; del propio teorema forma parte (y así queda claro allí mismo) el que esa magnitud no puede ser ninguna magnitud física. Este carácter de “objetividad no física” resulta, como allí se ve, la vía por la que se introduce el concepto “estructura”. En ello está implicado el que cualquier intento de ulterior aclaración acerca de la substancia-valor, si bien habrá de partir de una(s) u otra(s) magnitud(es) física(s) (puesto que éstas son por definición en este contexto lo inmediato), lo hace precisamente para formular el distanciamiento frente a esa(s) magnitud(es) en cuanto magnitud(es) física(s). La elección a este respecto de la magnitud (en principio física) trabajo (horas-hombre) se justifica por el hecho de que esta es la única opción que permitirá un paso (el desdoblamiento del M de D-M-D) cuya necesidad puede mostrarse incluso sin haber efectuado todavía la opción por “trabajo”. En estas condiciones no deja de resultar notable el que precisamente cada uno de los rasgos de la teoría que expresan la imposibilidad de reducir a magnitud(es) física(s) sea esgrimido por algunos como objeción contra la teoría, como si el desiderátum fuese que la teoría no existiese porque todo fuese física. Así, por ejemplo, es claro (y era ya central en La filosofía de El capital) que las explicaciones del carácter “abstracto” de la magnitud “trabajo” válida tomadas de las diferencias de nivel tecnológico (las cuales, en rigor, presuponen que la comparación es dentro de un mismo sector productivo) no son el concepto mismo de “trabajo abstracto”, puesto que siguen produciendo una reducción física, y era ya pieza clave en La filosofía de El capital tanto el que la reducción a “abstracto” no pueda definirse dentro de un sector como el que esto sea lo mismo que el que entre sectores diferentes no quepa establecer un índice riguroso de las diferencias de nivel tecnológico; simplemente estamos constatando con ello que el nivel tecnológico sigue siendo una magnitud física, mientras que lo que buscamos no lo es; el llevar la “abstracción” al conjunto del sistema productivo y el abandonar los indicadores físicos son una y la misma operación. Queremos entonces hacer ver que ese tránsito (inherente al concepto) modifica en efecto las proporciones, y, para ello, puesto que por definición ya no podemos valernos de indicadores físicos, echamos mano de K, y entonces van y nos objetan que K no es en rigor un indicador del nivel tecnológico (¡es decir: nos objetan que hemos distanciado frente a lo físico, cuando ese distanciamiento es precisamente lo que venía exigido por la cosa y por la marcha de la teoría!). Aquí no hay nada que rectificar, tanto La filosofía de El capital como El concepto de lo civil están en lo justo.¶¶ (Nueva adición, 20-08-2014) Más aún (en la misma línea de no-rectificación): el que K, que es un cociente de cantidades-valor, entre en la construcción de la teoría del valor no envuelve círculo vicioso alguno, ya que el poder hablar de cantidades-valor no presupone la teoría del valor misma, sino sólo el "primer teorema" (así llamado en el bloque cuarto de "Documentos-3").