Felipe Martínez Marzoa
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 ¿Puede el concepto gramatical de oración (sentence, Satz), o, si se prefiere decirlo así, puede el concepto gramatical, esto es, el concepto de oración, liberarse por completo de la referencia al carácter sujeto-predicativo o “apofántico” de cierta conexión, o sea, a ese carácter en cuanto algo que ciertas conexiones tienen y otras no? Nótese, de entrada, que la cuestión no queda resuelta con indicar oraciones en las que es imposible señalar un trozo o elemento de texto que corresponda a alguna definición gramaticalmente rigurosa de “sujeto”, etcétera, pues aquí no se discute de fórmulas de troceamiento de textos, sino de si la referencia a cierto concepto es o no imprescindible a la hora de tomar algo como oración.¶ Introduzcamos ahora el que parece ser el otro concepto bajo el cual se suele considerar el fenómeno “oración”, a saber: el concepto lógico de la valencia o de los argumentos de cierto predicado, identificándose este último con el flexionable al que pertenece determinado tipo de flexión (el “verbo”). El uso lingüístico (es decir: no meramente lógico-semántico) de este concepto es posible, por de pronto, porque los argumentos han de ser para cada verbo de una determinada lengua precisamente los reclamados por ese verbo, esto es, porque cada verbo tiene su propia valencia. Si el carácter definitorio de la conexión apofántica se suprime por completo en favor de esta segunda fórmula, entonces el “sujeto” pasaría a ser simplemente uno de los argumentos, y entonces sería correcto renunciar al concepto “sujeto” y dar al argumento el nombre que le correspondiese según cual fuese el verbo: unas veces “agente”, otras “paciente”, etcétera; desde el punto de vista lógico cabría: o bien prescindir de la palabra “sujeto”, o bien llamar “sujeto” a la n-ada ordenada de los argumentos.¶ Por otra parte, una vez admitido que hay oración, el concepto “oración dependiente” o “subordinada” quizá no pueda a su vez lingüísticamente definirse sin constatar la confluencia de tres fenómenos. Uno (llamémosle F1) es que los papeles de ciertos argumentos (o quizá en principio de cualesquiera argumentos) puedan ser desempeñados por elementos peculiares, en definitiva por elementos que tienen a su vez la estructura de oración, pero (¡atención!) el que podamos decir que esto ocurre gramaticalmente (y no sólo en análisis lógico-semántico, de la substancia del significado) implica (y, por lo tanto, F1 no se da sin) que el tránsito del tipo básico de presencia lingüística de los argumentos a esa presencia en manera a su vez oracional sea presentable en estructuras específicamente lingüísticas (ese tránsito no es diacrónico, sino de aclaración de estructuras). El segundo de los tres fenómenos anunciados (F2) es que ciertas oraciones, con o sin carácter de argumentos del predicado de alguna otra, aparezcan con o en el marco de (introducidas por o conteniendo) elementos que las refieran a otra. El tercero (F3) es que la confluencia de los dos anteriores ha de tener a su vez presencia específicamente lingüística (no sólo semántico-substantiva), es decir: ha de haber rasgos que a ciertos respectos confundan ambos fenómenos, F1 y F2, en uno.¶ Empezamos por el primero de los tres fenómenos. La lengua de la que hablaremos será el griego antiguo (clásico y arcaico).¶ Hay, como es sabido, cierto tipo (o ciertos tipos) de construcciones con infinitivo que nadie relacionaría con la cuestión de la dependencia oracional si estuviesen solas, pero que no están solas. En ellas algo que extragramaticalmente quizá pueda considerarse como el “sujeto” del infinitivo es gramaticalmente un argumento del predicado-verbo regente, va en el caso que como tal le corresponde (nominativo, acusativo, genitivo o dativo) y además hay un infinitivo (todo ello en relación con la valencia del verbo, es decir, se trata de argumentos) [Empleamos en este bloque las palabras “valencia” y “argumento” con sentidos que inmediatamente se siguen del contexto y que nos evitan un aparato de definiciones previo. Avisaremos en el caso de que la cosa se complique. En todo caso, para una dificultad que algo tiene que ver con este uso, cf. más abajo]. El que esta construcción (que llamaremos C1) no esté sola consiste en la vecindad de un tipo (C2) en el que cierta entidad, a la que decidimos llamar “sujeto del infinitivo” dando por definición de tal lo que ahora mismo estamos diciendo, si no es correferencial con el sujeto del verbo regente, va por principio en acusativo. Esta dualidad (C1-C2) es manifiestamente próxima a, pero no coincidente con, otra de la que uno de los términos (Ca) es que con el infinitivo no se emplea ni la negación οὐ (sí μή) ni el juego de la partícula ἄν; substantivamente el significado es en este término el de algo cuyo tener o no tener lugar depende de lo expresado por el verbo regente, suele hablarse -a propósito del regente- de verbos “de voluntad” y similares, y apellidarse este infinitivo como “dinámico”; el otro término (Cb), llamado frecuentemente infinitivo “declarativo”, tiene como negación οὐ y emplea en su caso ἄν (a saber: para indicar potencialidad o carácter contrafáctico); la substancia semántica de Cb es que se trata de algo que ocurre o no ocurre con independencia de lo significado por el verbo regente. Pues bien, no hay coincidencia entre las dos dualidades descritas; todos los Cb son C2, pero algunos C2 son Ca; son casos cuyo carácter quizá quede bien descrito por el hecho de que se suela a la vez considerar la oración de infinitivo como sujeto del verbo regente y considerar éste como “impersonal” (suele tratarse de regentes que significan cosas como “es necesario”, “es conveniente”, “ocurre”, “es posible”, etcétera, incluyendo expresiones con verbo copulativo en las que es el predicado nominal el que da este sentido). El interés que para la presente cuestión tiene la no-coincidencia que acabamos de reconocer entre dos dualidades estriba en la figura, antes anunciada o postulada dentro de F1, del tránsito sincrónico de unas a otras construcciones; éste debe llevarnos hasta construcciones en las que lo dependiente tenga ello mismo la forma normal de oración, pero de momento aún no nos lleva hasta ahí, sino sólo hasta (punto extremo por ahora alcanzado en esa dirección) el infinitivo-con-sujeto-en-acusativo; el tránsito se ha hecho presente en que ciertos infinitivos que pertenecen a C2 mantienen a la vez rasgos que los demás C2 no tienen y que, en cambio, sí están en C1.¶ La parte que falta del tránsito requerido para F1 está presente en la (bajo condiciones por definir) sinonimia sintáctica (es decir: equivalencia de las construcciones como tales, otra cosa es que cualquiera de ellas se emplee de hecho con unos mismos verbos regentes, cosa que en parte ocurrirá y en parte no) entre construcciones de infinitivo-con-sujeto-en-acusativo (C2) y construcciones en las que la (de momento presunta) oración dependiente tiene la forma oración tal y como ésta se presentaría en una oración independiente, si bien (necesario para F2) con una partícula introductoria: ὅτι o ὡς.¶ Por otra parte, la evidencia del “tránsito” mencionado (concepto -repetimos e insistimos- sin implicación diacrónica alguna) no se limita a las construcciones de infinitivo, sino que abarca también otra categoría que resultará tener una considerable importancia teórica. Recordemos un punto de la morfología verbal griega que ya hemos discutido otras veces: reservábamos la palabra “tiempo” para designar una dimensión morfémica cuyo significado no es, sin embargo, el de lo que llamamos ubicación en el tiempo, evitábamos el empleo de la palabra “aspecto”, y el “pretérito” no aparecía en la citada dimensión “tiempo”, sino en la que por otras razones preferíamos llamar “modo”; también cabe, por supuesto, substituir estos nombres con pretensión aparentemente descriptiva por otros meramente “ad hoc” (incluso puramente algebraicos), pero el establecimiento de las dimensiones para el griego reposa en el fenomenológico rasero de Occam, más recientemente llamado “principio minimalista”. Pues bien, en griego, infinitivo y participio son formas que de las ahora mencionadas dimensiones morfémicas del verbo tienen sólo la que hemos llamado “tiempo”, con la particularidad de que los participios (no, en cambio, los infinitivos) tienen además dimensiones morfémicas nominales. Estas últimas capacitan a los participios para desempeñar diversas funciones en la oración y entrar en diversas concordancias. Pero en el presente momento de nuestro análisis, es decir, en relación con el “tránsito” (sincrónico) del que estábamos hablando, lo que nos interesa es que un participio puede ser argumento de determinados predicados-verbo y serlo precisamente por el hecho de que el propio predicado-verbo (la valencia de ese predicado) establezca una relación de predicado a sujeto por parte del argumento desempeñado en el caso por el participio con respecto a otro de los argumentos del mismo predicado-verbo, digamos: la valencia del predicado-verbo incluye entre los argumentos un “predicativo” referido (como predicado a sujeto) a otro de los argumentos (la misma valencia determina cuál, y puede incluso ser en efecto el sujeto)[Ciertamente el hablar de un “predicativo” y del elemento al que se refiere como de dos “argumentos” es cosa que sólo puede hacerse en gracia al carácter abstracto del significado que hemos dado a la palabra “argumento”. Cf. más abajo]; esto podría significar por sí solo que hay una oración por así decir “dentro de” (o “bajo”) otra, si no fuese por las razones de índole general que tantas veces hemos expuesto para no dar nunca por lingüísticamente suficiente el análisis de substancia lógico-semántica; pero el elemento que conceptualmente falta es el mismo que en relación con las construcciones de infinitivo nos obligó a invocar la sinonimia sintáctica (con las matizaciones que allí se establecieron para este concepto) con construcciones en que la forma oración comparece tal como lo hace en una oración independiente, etcétera, las mismas, por cierto, que procede invocar ahora. De los verbos regentes de construcciones con ὅτι o ὡς (es decir: verbos cuyas valencias comportan argumentos que pueden ser oraciones introducidas por esas partículas), un grupo, llamados “de percepción”, tiene como natural la construcción con participio, mientras que otro, llamados “de opinión”, introduce las de infinitivo “declarativo” (C2-Cb). Suele admitirse que un verbo del que depende una subordinada introducida por ὅτι o ὡς es empleado como “de opinión” cuando los tiempos y modos de la subordinada son los que se supone emplearía aquel cuyo discurso se reporta (o el optativo oblicuo), y que es empleado como “de percepción” cuando son los requeridos desde la posición del hablante; pero prácticamente cualquier verbo regente de construcciones del tipo dicho puede ser empleado como “de opinión”, mientras que no cualquiera puede serlo como “de percepción”.¶ El F2 requerido para que pudiese haber un concepto de dependencia oracional ha quedado ya de paso detectado en lo que se refiere a las oraciones-argumento con ὅτι o ὡς y es extendible a otros clichés, incluidos algunos en los que la oración dependiente no es argumento de la principal, es decir: no viene reclamada por la particular valencia del predicado-verbo de la misma. En cuanto a encontrar algún rasgo que, como decíamos antes, “confunda” bajo una misma rúbrica los diversos tipos de subordinadas, no parece que tengamos otra cosa que la presencia como posibilidad, para determinados contextos, pero consiguientemente detectable siempre por variación “imaginaria” del contexto, del “optativo oblicuo”; al respecto, el hecho de que en las subordinadas temporales y condicionales, cuando la oración principal va en pretérito, la opción por el optativo en la subordinada se describa como opción por un matiz semántico (“iterativo en pasado”) difícilmente puede ser un argumento en contra, pues no parece que ese matiz pueda ser ajeno a precisamente la marca de subordinación temporal o condicional respecto de una principal en pretérito, con lo cual estaríamos en efecto, también en esos casos, ante un “optativo oblicuo” (es decir: ante algo de la misma naturaleza que lo escolarmente así llamado).

 Advertíamos, entre [] en el bloque precedente, del carácter abstracto de una noción que pudiese ser aplicada tanto a un “predicativo” como a aquello a lo que el mismo se refiere. Eso es parte del problema de fondo (¿qué relación hay ahí?) planteado ya de alguna manera desde el comienzo de aquel bloque. No se trata de ninguna relación que pudiese quedar incluida en constituyente alguno; en “Fulano murió contento” o “declararon a Fulano persona no grata” no hay constituyente alguno, a ningún nivel, que incluya la secuencia “Fulano contento” o “Fulano persona no grata”, ni hay en general tales secuencias; la conexión entre “Fulano” y “contento” o entre “Fulano” y “persona no grata” no se establece de ninguna otra manera que por la sentence misma que se analiza.

 Volvemos ahora sobre la cuestión, mencionada en el bloque inicial, de las dimensiones morfémicas que hemos aceptado llamar convencionalmente “tiempo” y “modo”. Pretendemos ahora, además de lo ya dicho en otras partes sobre aplicación del rasero de Occam y del “principio minimalista”, esbozar algo que muestre también “intuitivamente” cómo una descripción de los modos que se atenga a lo que resulta de aquellas argumentaciones es posible. La descripción, por otra parte, insiste en el concepto, empleado en un bloque anterior, del “tránsito sincrónico” en las estructuras de subordinación, pues empieza por advertir de manera general que en ciertas cuestiones, en particular en el empleo de una u otra negación, a lo que resulta del sistema de los modos han de superponerse determinadas generalizaciones inherentes a la constitución de tipos determinados de subordinación. Sería como sigue.// Modo cero o no-modo.- La negación es οὐ (sin perjuicio de lo ya dicho de manera general) y no existe el juego de la partícula ἄν.// Modo pretérito.- Negación οὐ (con la matización general ya indicada). Dos fórmulas por lo que se refiere a ἄν; primera: para verbos (o expresiones con verbo copulativo) de significado “modal” (pretéritos significando deseo irrealizable, necesidad, conveniencia), no hay el juego de ἄν; segunda: para verbos con significado no “modal”, se emplea ἄν para dar significado contrafáctico.// Modo subjuntivo.- Opera como fórmula básica la coincidencia de negación μή con ausencia de ἄν en el valor voluntativo frente a ἄν y negación οὐ en el prospectivo-eventual. Pero en época clásica el segundo valor sólo es de uso cuando se ha incorporado a un tipo de subordinada, y en ese caso es con ἄν en la subordinada misma, lo cual ciertamente significa que el subjuntivo es del tipo prospectivo-eventual, pero la negación tiende a venir dada por el tipo de subordinada.// Modo optativo.- Hay el juego de ἄν, coincidente en principio con el de las dos posibilidades de negación: con la partícula la negación es οὐ y el valor es potencial, sin la partícula la negación es μή y el valor es desiderativo, pero, una vez más, la elección de negación está sometida al condicionamiento ya dicho. Fórmula, pues, paralela a la que hemos considerado básica para el subjuntivo, sólo que aquí (en el optativo) la fórmula básica es de uso de manera más amplia.¶ Obsérvese que ἄν es literalmente “la partícula modal”, pues, cualquiera que sea la manera en que hayamos de describir la substancia semántica de la dimensión “modo”, es evidente que la operación de la partícula consiste en todos los casos en proteger el significado específico de esa dimensión (evitando la reducción a un tipo de constatación). Por eso no hay el juego de la partícula en el caso del no-modo, y tampoco lo hay para el modo pretérito cuando el significado modal está ya protegido por el propio significado léxico del verbo. Por lo demás, en cambio, en el pretérito la partícula protege frente a la lectura como constatación en pasado, dando el significado de contrafacticidad, así como, en el subjuntivo, frente a lo que pudiera ser la constatación de un acto de voluntad, la partícula obliga a atenerse a la eventualidad-prospectividad del contenido, y, en el optativo, en vez de la constatación de un deseo, la partícula hace entender el contenido como posible.¶ La hipótesis de trabajo razonable (aunque no sea, ni mucho menos, lo que ocurre con fenómenos similares “en todas las lenguas”) es aquí el que los usos de modos y tiempos en las oraciones subordinadas hayan de entenderse a partir de lo que deba decirse acerca de los modos y tiempos mismos. Esto debe valer incluso para el optativo oblicuo, en el sentido de que debe poder entenderse que en el contexto que autoriza su uso siempre quepa percibir un matiz que lo legitima semánticamente; este tipo de exégesis explicaría tanto la ausencia de la partícula modal como la no obligatoriedad del optativo.¶ Algunos detalles que son relevantes en relación con lo que acabamos de decir. Si el verbo de una subordinada temporal en contexto que en principio autorizaría el optativo oblicuo va en efecto en optativo, el hecho de que esa construcción conlleve un matiz semántico especial (situación repetible en pasado, mientras que el modo pretérito significaría situación singular) no va en contra de constatar optativo oblicuo, pues el matiz puede ser mera consecuencia lógico-semántica de la marca expresa de subordinación temporal con respecto a una principal en pasado. Lo correspondiente a esto vale también para la construcción paralela de subordinación condicional.

 [Escribiré de acuerdo con las siguientes (habituales) convenciones: un grafema entre [] significará una realización fonética, mientras que entre // significará un fonema; referidos al substantivo “fonema”, los adjetivos “vocal” y “no vocal” significarán alguna característica del fonema mismo, mientras que “sonante” y “consonante” son papeles silábicos determinados por la secuencia según reglas de silabación].¶ En griego antiguo (arcaico y clásico) hay, prescindiendo por el momento de la cantidad de los vocales, /u/ y /w/ como dos fonemas distintos, de los cuales el segundo sólo en determinadas hablas tiene realización fonética positiva; el primero es vocal y puede actuar como sonante o como consonante; el segundo es no vocal y sólo puede actuar como consonante. En cambio, en el sistema que la lingüística comparativa construye para el “indoeuropeo”, es esencial, para que se cumpla la función comparativa requerida, que sólo haya un fonema, /u/, el cual, dependiendo de la secuencia, quedará adscrito al papel de sonante o al de consonante (enseguida diremos algo sobre lo de vocal o no vocal).¶ Por otra parte, griego /u/ es un único fonema con independencia de que en una amplia zona geográfica y cronológica su realización fonética sea en centro de sílaba [y] y en otras posiciones [u].¶ Volviendo a las construcciones “indoeuropeas”: dado que todo lo que hay en este campo forma parte de la descripción de las lenguas en comparación y que ni hay ni cabe esperar ningún otro material vinculantemente dado que el de éstas, es “multiplicar los entes sin necesidad” el incluir, por ejemplo, en el mismo protosistema a la vez los laringales y el juego de los vocales con sus cantidades, pues, admitida cierta lista en la que todavía no hay vocales y en la que sí están los laringales y quizá también /i/ y /u/, basta con reconocer ciertas opciones morfológicamente condicionadas de ubicación de la marca silábica en unos u otros puntos de la secuencia para que pueda explicarse todo lo que por vías comparativas se puede pretender explicar.

 En el capítulo 8 de mi Interpretaciones hay una alusión a “eso que Chomsky en 1965 llamó ‘universal substantivo’”, la cual hace aconsejable una aclaración, no de la pertinencia en aquel punto (que está bastante clara allí mismo), sino de mi interés por la indicada noción, el cual atribuye a la misma un carácter bien distinto del que suele reconocérsele. “Universal substantivo” aparece contrapuesto a “universal formal”. Que la distinción implica (lo reconozca Chomsky o no) la carencia de fundamento para postular (incluso desde la postura de Chomsky) universales substantivos responde a lo que a continuación digo. El que haya de haber en general universales lingüísticos de algún tipo se postula por el hecho de que sin ello ni siquiera tendrían sentido conceptos como “lengua”, “gramática”, etcétera; ahora bien, una vez admitido que son definibles dos tipos de universales, la indicada necesidad de que haya universales puede quedar satisfecha con que los haya de uno de ellos; esto no demuestra que no haya universales substantivos, pero sí que nunca podrá ser fundamentada la suposición de que los haya. Universales formales para el campo sobre el que se pretende formular una teoría son postulados por el hecho mismo de pretender formular una teoría de ese campo. Por otra parte, la apelación a universales, aunque sean substantivos, puede tener, dentro de una investigación lingüística determinada, un sentido enteramente distinto del que tiene en sí y por sí en cuanto declaración pseudo-metafísico-escolar y pseudo-metafísico-dogmática [Cf. mi La soledad y el círculo, capítulo 1].

 Remito a mi Lengua y tiempo, página 51, (también, naturalmente, a aquellas nociones del citado libro que sean imprescindibles para entender lo que dice el párrafo aludido). El presente proyecto no comporta en absoluto la búsqueda de usos que pudieran resultar patológicos; los ejemplos se ponen por mor de la discusión, no porque haya nada que necesite ser documentado.¶ Se trata -recordémoslo- de nombres, en los que es o sería (cuestión de documentación) posible distinguir el estado absoluto y el estado constructo, de nombres, por lo tanto, incluidos, como es general en los nombres en hebreo, en la sintaxis de la rección nominal o de la mención compleja; y se trata de nombres cuyo papel característico en esa sintaxis es en principio el de regentes y (y aquí viene lo más peculiar de los nombres tratados ahora) que no aportan nada en materia quiditativa, siendo el quid aportado por el regido y sus referencias. El regido puede ser un fórico, y también puede suceder que la referencia a otra mención sea evidente sin necesidad de explicitarla mediante un fórico, caso en el cual se emplea el estado absoluto.¶ ¿Es aceptable que [Escribimos haciendo uso de la vocalización tiberiense, dando el segol como æ y el qames como å; lo cual, obviamente, implica escribir lo que hay con independencia de toda suposición sobre pronunciación] ʼayyeh sea el estado absoluto de ʼey y éste el estado constructo de aquél?; en todo caso, de no ser así, ʼey sería una forma aún más reducida, y su posición en lo que ahora estamos tratando sería la de un estado constructo. Se trata de que ʼey seguido de un deíctico da lugar al significado del interrogativo correspondiente: si zæh es “este”, ʼey-zæh es “cuál”; si mizzæh es “de este”, ʼey-mizzaeh es “de cuál”; por otra parte, ʼayyækkåh (con un sufijo -an- en medio) es “dónde (estás) tú”; y (en su caso con la forma, perfectamente entendible desde la sintaxis de la mención compleja, del estado absoluto) Gen. 38, 21, ʼayyeh haqqdešåh hw, “dónde [está] [o: qué se hizo de] la prostituta que …” (más exactamente: si ʼayyeh es un estado absoluto, sería “qué se hizo de ella, la prostituta …”, mientras que, si es a su vez constructo, sería “qué se hizo de la prostituta …”). La noción “no quiditativa” (cf. Lengua y tiempo, pasaje citado) sería aquí (en todos estos casos) la de echar-en-falta.¶ Tenemos, por otra parte, estado absoluto ʼáyin, estado constructo ʼeyn. Gen., 2, 5: wʼådåm ʼáyin (“y hombre[s] no había”); Gen. 37, 29: ʼeyn-yosep babbor (“no [estaba] José en el pozo”); Gen. 39, 23: ʼeyn śar beyt-hassohar roʼæh æt-cål-mʼumåh (“no [había, estaba] el jefe de la prisión mirando por cada cosa”, es decir: no hacía falta que el jefe de la prisión se ocupase de …, el jefe de la prisión no se ocupaba de …). La noción no quiditativa es el no-ser.¶ Otro caso: ‛od. Gen, 45, 3: ha‛od abiy håy (“¿permanencia de mi padre vivo?”, es decir: ¿vive todavía mi padre?). La noción no quiditativa es la de permanencia.¶ Finalmente, el caso, bastante conocido, de yeš, en el que la noción no quiditativa es la de ser.¶ En arameo, el nombre que tiene este tipo de usos es ʼiytay, incluido el que lo introducido -no, en este caso, regido, pues no es tipo de dependencia que se dé con respecto a un estado constructo- pueda ser una inserción con diy [diy es en arameo en primer término el “relativo” del que hablamos en Lengua y tiempo y en Distancias (capítulo 13); su condición de insertor lo hace adecuado para añadir una dependencia post festum a un grupo nominal ya cerrado, esto es, sin suponer estado constructo (recuérdese que en arameo hay tres estados en una sistemática en la que el constructo es el término cero, cf. Lengua y tiempo)], Daniel, 4, 32: “y no hay [no ocurre] que …”; Ezra, 5, 17: “es el caso que …”. El hecho de que entre ʼiytay y el hebreo yeš haya conexión etimológica no es decisivo (en realidad ni siquiera es importante para lo que aquí se está tratando).¶ Por otra parte, está la cuestión de la llamada “nota accusativi”, signo antepuesto que se generaliza para el “objeto directo” determinado y no sólo para el determinado; por supuesto, es erróneo no sólo lo de “nota accusativi”, sino también lo de “objeto directo”. El fenómeno se produce de manera mucho menos general en arameo que en hebreo, y, además, ocurre en aquél para diversas partículas sin que haya una confluencia clara. En hebreo, la generalización se produce, pero con claras evidencias de que la partícula en cuestión no es sino un “presentador” o enfatizador, el cual se emplea también, esporádicamente, pero de manera perfectamente inteligible, para enfatizables que desempeñan otras funciones.

 Remito ahora al párrafo de mi Lengua y tiempo (página 60-61) en el que se ilustra mediante un conocido giro cómo el árabe clásico substituye la sintaxis de la mención compleja, en la que la categoría central es el estado, por otra, de base oracional, en la que la rección nominal se expresa mediante el caso genitivo del regido. Importa ahora ver cómo se resuelve en hebreo una situación como la allí descrita para el árabe, pues sin duda también en hebreo se puede decir con toda precisión eso de “la niña bella de rostro”. El faraón soñó (Gen., 41, 1 y siguientes) y he aquí que estaba junto al río, del que salían siete vacas “hermosas de aspecto y gordas de carnes” … y más adelante otras siete vacas “malas de aspecto y delgadas de carnes” … y ocurre luego que “las vacas malas de aspecto …”, pero, ¡atención!, ahora con determinación (artículo) tanto las “vacas” como el “aspecto”, y no, en cambio, “malas”, que es regente (constructo) de “de(l) aspecto”; “las” vacas, pues, malas “del” aspecto y delgadas de “las” carnes (el mismo esquema: con artículo “vacas” y “carnes”, constructo “delgadas”, regente de “de las carnes”) comieron a “las” vacas hermosas (constructo) “del” aspecto (regido por “hermosas”); etcétera (sigue, por cierto, “las gordas”, porque ahora ya no viene a continuación “de [las] carnes” y, por lo tanto, no hay razón para que “gordas” no lleve artículo). ¿Qué ha pasado aquí? No se rompe ninguna regla de la sintaxis de la mención compleja; lo que ocurre es que no hay concordancia gramatical entre “vacas” y “malas”, “delgadas”, “hermosas”, y no tiene por qué haberla, puesto que está claro en cada caso que los dos términos se refieren al mismo objeto. Digamos que en árabe ha primado la concordancia, la relación entre términos de la misma oración, relación digamos horizontal, mientras que en hebreo prima la conexión digamos vertical de cada mención con su mencionado. En todo caso, sí hay concordancia (o como se lo quiera llamar), en hebreo, entre "las vacas" y "malas-de(l)-aspecto" (puesto que a este término le corresponde la determinación de su regido) o, lo que es lo mismo, entre "las vacas" y "delgadas-de-(las)-carnes", pero entonces se repite la misma observación en el sentido (ahora) de que la concordancia (o como se lo llame) ocurre sólo sobre el supuesto de la relación de estado.